
Juan Carlos Reche Moto alpina derrapante
Crítica de Un estallido. Antología de la poesía española 2000-2025. Edición de Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández, Madrid, Ed. Cátedra, Col. Letras Hispánicas, 2026.




La colección Letras Hispánicas de la editorial Cátedra ha publicado en marzo de 2026 en edición de Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández Un estallido. Antología de la poesía española 2000-2025, volumen n.º 928 de la colección. Este volumen prosigue la línea editorial de antologías de poesía española contemporánea comenzada en 1974 con Lírica española de hoy (n.º 14) de José Luis Cano, Joven poesía española (n.º 107), en edición de Concepción G. Moral y Rosa María Pereda en 1979 y Poesía española reciente (1980-2000) publicada en 2001 en edición de Juan Cano Ballesta, y que lleva el número 510 de dicha colección.
Lírica española de hoy se abre con una breve introducción de apenas siete páginas que resume la poesía española tras la generación del 27 y hasta principios de los años 70, explicándola a través de dicotomías. Según la nota de contraportada abarca «de la asepsia garcilasista a la rehumanización de Espadaña, de la poesía social y comprometida al formalismo culturalista de los Novísimos, [y] al mismo tiempo voces poéticas independientes y personales» sin pasar por alto las corrientes social y meditativa de la generación del 50. Incluye a cincuenta y un poetas, desde Ángela Figuera, de 1902, Carmen Conde y Luis Felipe Vivanco, de 1907, hasta Pere Gimferer (1945), Antonio Colinas (1946) y Guillermo Carnero (1947). Se trata de un rápido panorama con cincuenta y dos poetas en apenas doscientas veinticinco páginas con algunas lagunas importantes.
Joven poesía española, de Concepción G. Moral y Rosa María Pereda, de 1979, incluye a diecisiete poetas. Se abre con Antonio Martínez Sarrión, nacido en 1939, y se cierra con la triada Luis Alberto de Cuenca, Jaime Siles y Luis Antonio de Villena -nacidos entre 1950 y 1951- actuando de banderines de enganche entre la estética novísima y el figurativismo que se vendría. El breve aparato crítico, de carácter programático (el primer capitulillo se titula «Acerca de una poética nueva»), da poco espacio a las voces no novísimas. La selección de poemas provenía de libros publicados hasta 1979. Y en las siguientes reediciones incluyen textos de hasta 1980.
En 2001 se publica en edición de Juan Cano Ballesta Poesía española reciente (1980-2000), que se abre con otra triada distinta de poetas nacidos entre 1950 y 1951: Ana Rossetti, Javier Salvago y Jon Juaristi, que se presentan ya como voces personales, y no como conectores entre estéticas o generaciones. Se cierra con Álvaro García y Ada Salas, ambos nacidos en 1965, y Luis Muñoz, del 1966. El título del prólogo («Orientaciones recientes de la poesía española») y sus capitulillos[1] dan fe de una intención panorámica.
El libro que nos ocupa recoge a veinticinco poetas[2] nacidos entre 1984 y 2000 para cubrir los veintiséis años que distan entre 2000 y 2025, siendo requisito haber publicado, como mínimo, dos poemarios. Se abre con María Salgado y Ben Clark, de 1984, y se cierra con María de la Cruz, del 2000. Es la más extensa de las cuatro antologías con 454 páginas. La nota de contraportada reza:
Solo se puede definir el fenómeno de la última poesía española como «un estallido». Una explosión no solo en calidad, sino también en la diversidad y el número de propuestas. […] Esta antología, que cubre el primer cuarto del siglo XXI, supone la aproximación más completa hasta la fecha a una nueva nómina de autoras y autores nacidos entre 1984 y el año 2000, y cuya vitalidad y alcance, a casi un siglo vista, no tienen parangón en la literatura española desde los de la generación del 27.
Las ilustraciones de cubierta de dichos volúmenes también merecen un rápido comentario. Las últimas ediciones del libro de Cano llevan un aguilucho moribundo, infestado, de corte pop, muy contemporáneo del momento de la edición, obra de Zush. La obra de Sofía Madrigal, usando el recurso de la escritura en la pintura para ilustrar el libro de Moral y Pereda, recuerda al Miró que partía del símbolo abstracto para conseguir el pictograma o logotipo, tan en boga en esa década. Se elige un bodegón de Alfredo Alcaín, homenaje al postimpresionista y de gran influencia en el simbolismo Cezanne, para ilustrar el libro de Cano Ballesta. Un estallido, la única de las cuatro antologías que no lleva una ilustración de un pintor español coetáneo en cubierta, se ilustra con un fragmento de la artista sueca conceptual Hilma af Klint, nacida a mediados del siglo XIX, en la que, a través de un conjunto de figuras de distintos tamaños e importancias, compone una especie de imagen de grupo. Se titula Los diez mayores.
En la antología de Cano, aunque se entiende que pueda ser debido a que es uno de los primeros volúmenes de la colección y llega con cierto retraso, los tres poetas que la cierran, Carnero, Gimferrer y Colinas, ya son en aquel momento poetas más que consolidados, con el Premio Nacional el primero, y con varios libros importantes cada uno de ellos en su haber. En la antología de Pereda, el menor de los poetas incluidos, Luis Antonio de Villena, tenía veintiocho años y contaba con tres poemarios destacados y ocho ediciones críticas y ensayos, además de una gran influencia poética. Luis Muñoz, el más joven de la antología de Cano Ballesta, ya tenía por entonces treinta y cinco años, había publicado cinco poemarios y una poética con gran predicamento en su promoción y en la siguiente. Todos tenían una obra (reflejada en la selección de textos) consistente e influyente, a diferencia de los poemas de Un estallido, que en palabras de Jordi Gracia «aparecen más como laboratorio y escenario de pruebas que como propuesta cuajada».
Como es sabido, dichas antologías no solo sirven para ayudar a diseñar el canon de la poesía española de las últimas décadas (y ahora también de las siguientes, al parecer[3]), sino que, además y sobre todo, son un magnífico instrumento para asistir al lector normalmente alejado de la poesía a entender el panorama, por ejemplo el lector no especializado, o el profesor que lo utiliza como herramienta para comprender este periodo y explicarlo en clase.
Por ello, ese público puede entender, debido al uso de los subtítulos y paréntesis [(1980-2000) y 2000-2025] que con las dos últimas antologías se obtiene un panorama completo de la poesía española de los últimos cuarenta y cinco años. Sin embargo, en la programación editorial ha quedado excluido, al menos por el momento, un arco temporal, el de las promociones de poetas nacidos entre mediados de los años 60 y mediados de los años 80. Hecho este que no aparece claramente explicitado ni en la información editorial, ni se abunda en ello en el prólogo, más allá de una referencia bastante somera:
Así, quienes, integran la nómina del presente compendio no son tanto quienes enarbolaron explícitamente la bandera de la pluralidad ni quienes rompieron con la figura del padre literario para dirigir su mirada hacia tradiciones habitualmente marginales, sino quienes heredaron esa perspectiva de una generación -la de los nacidos en los años setenta- cuya relevancia ha sido en gran medida eclipsada, pero sin la cual resulta imposible comprender en profundidad el estallido actual de la poesía española.
Habría sido de agradecer, sobre todo para el público que no colecciona todos los volúmenes o no tendrá acceso a los próximos, una información más completa, una referencia en el paratexto de contracubierta que explicitara el sentido de los paréntesis del libro que el lector está ojeando en la librería o en línea, o una explicación más generosa y precisa en el prólogo.
Y es que tal vez haya habido cierta premura al programar la detonación de este volumen, que sale a la venta apenas dos meses y medio después del cierre del arco cronológico estudiado. Quizás pueda achacarse a esto que no se incluya en la bibliografía algún título como El tiempo está cambiando. Nueva poesía española, Vandalia, septiembre de 2025, en edición de Juan Marqués, como señala en su reseña José Antonio Llera entre otras ausencias menos recientes. O que no se haya podido valorar la inclusión de Juan de Salas, que publica su segundo libro a finales de 2025, al que Álvaro Valverde echa en falta entre los antologados en su reseña. O tal vez sean otras las razones, ya que la bibliografía actualiza los hipervínculos hasta mitad de enero de 2026.
Adentrándonos ya en el libro, la introducción comienza con la declaración: «La poesía española contemporánea ha sido sacudida por un estallido». Explican los editores que ha habido en tiempos recientes una renovación de las expectativas de lectura y los registros expresivos del hecho poético, debido a la progresiva apertura de las puertas de acceso al campo poético, entendido este como espacio autónomo en el campo de poder en el que se desarrollan relaciones de fuerza en el marco de una lucha por las formas de dominio. Dicen haber sido guiados por una voluntad cartográfica para explicar la poesía española, caracterizada por su pluralidad, a través de un muestreo panorámico y transversal de las derivas y tensiones expresivas del periodo.
No pudiendo aferrarse al marchamo de que la historia de la poesía española parece ser la historia de los primeros libros -ya que en el periodo estudiado no encuentran precisamente ese tipo de renovación-, lo hacen a la vindicación paralela de dos formulaciones tradicionalmente antagónicas: el realismo figurativo y el vanguardismo rupturista.
Es esta la presunta novedad que ofrece Un estallido. Una «retórica de la ruptura» (que posibilite una renovada práctica poética), que se encuentra, sobre todo, en el capitulillo 3.1: «Experimentación y ruptura: la excepcional consolidación de las propuestas vanguardistas». Los otros capitulillos de las derivas estéticas de la poesía española del siglo XXI arropan este concepto: «Renovación y persistencia: la dispar adaptación de las propuestas figurativas» y «Asimilación e hibridez: la vanguardización de lo figurativo y la figurativización de la vanguardia». Todo ello se ejemplifica en cinco tensiones que denominan temáticas: «Género y retóricas de la corporalidad», «Discursos críticos y sociales», «Nuevos diálogos culturales», «Espacialidad» y «(Auto)reflexión sobre el lenguaje».
Pasemos, en la línea de esta sección, «Crítica de la crítica», a analizar algunas de las críticas, reseñas, y notas hasta el momento publicadas sobre el volumen. El libro se ha lanzado, presentado, publicitado y mayormente recibido como una celebración en directo de la diversidad y calidad de la poesía, por el mero hecho de su existencia, que viene a llenar un espacio tan reciente como necesario, sin hostilidades y sin que propicie por el momento un debate a la altura de la ocasión. Por decirlo en términos hodiernos, ha recibido muchos más corazones o dedos levantados que comentarios por parte de la prensa y la crítica. Y, por supuesto, son pocos los que han entrado a valorar con más o menos profundidad el arduo trabajo realizado.
Una parte significativa de las notas aparecidas sobre el volumen no lo analizan, sino que extractan partes de la información promocional o su prólogo, encontrando la relevancia simplemente en la existencia del volumen y específicamente en la inclusión de autores locales. Se dan los casos de Collado y Vicedo, «la poesía castellonense que entra en el canon literario español» (El Periódico Mediterráneo), del «poeta ibicenco Ben Clark [que] entra en la gran antología de la poesía española del siglo XXI» (Noudiari), del malagueño Néstore (Sur), de la cordobesa Medel (Cordópolis), los valencianos Vicedo, Collado y García Faet (Levante), de la abulense Segovia (SER) y del tetuanero Guijarro (Tetuán30días), por el momento.
Otras noticias tampoco entran a valorarlo críticamente, por distintas razones. Antonio Lucas confiesa: «Leer a los compañeros y compañeras de Un estallido me hace quizá viejo de repente, pero en sus poemas encuentro lo que busco: la dentellada, el asombro, la belleza, la insurgencia, la búsqueda, el no aceptar lo irremediable». El autor o autora del blog Me sé cosicas confiesa que «siempre he tenido una debilidad especial por las antologías de poesía española de Cátedra, en su colección Letras Hispánicas. […] No entraré en los dimes y diretes que rodean toda antología poética». Fernando Hernández en el blog Querido Bartleby aplaude los preceptos del libro, sin dudar un ápice de alguno de ellos, extractando las ideas del prólogo a manera de secciones-lema de su reseña: «una renovación generacional sin violencia, la centralidad de las autoras, la vanguardia como fuerza legitimada, la figuración renovada», etcétera.
Pablo Romero Velasco comienza su lectura en Nayagua diciendo: «Confieso que no sabía muy bien cómo abordar la reseña de una antología, mucho menos la de Un estallido». Y prosigue: «no tendría mucho sentido “criticar” la nómina de tal o cual antología, puesto que solo consistiría en enfrentar mi gusto al del antólogo».
El programa radiofónico La estación azul, dirigido por Carolina Alba, tiene una sección llamada «Desmontando el poema» con Mariano Peyrou. En él, siguiendo la misma línea de profundidad crítica, escuchamos al poeta: «la verdadera noticia es que el libro este aparezca en la editorial en la que aparece, que es Cátedra, en la colección de Letras Hispánicas»; lo califica como «gesto muy encomiable que saque ahora un libro con poetas de veintipico o treinta y pico años» y remata con: «el hecho de que aparezca en esta colección esta antología me parece un acierto total. En otra editorial, dicho de otro modo, yo evaluaría el libro ante todo por la nómina de poetas o el estudio preliminar; en este caso valoro ante todo el hecho de que exista el libro».
Otros medios hacen una interpretación más cercana a su ideología, como El Salto, que desde el título («un estallido de versos en medio de una crisis permanente») o la entradilla («lo único que tienen en común, aseguran los antólogos, es habitar un mundo en estado crítico») preparan la lectura de José Durán Rodríguez.
No se comprende muy bien el sentido del título del otro programa radiofónico, en el que interviene Benjamín Prado (SER), que también barre para casa: «La han sacado de los ateneos y la han llevado a los bares». La conversación con algunos poetas, como Juan Gallego Benot, sobre el impacto y el concepto de generación deja frases como: «las comparaciones, entre lo marketiniano y lo útil, con la generación del 27 me parece que están graciosas, y yo soy muy fan del 27».
La mayor parte de autores que han escrito lo han hecho sin entrar a valorar el volumen desde una perspectiva critica, sino extractando sus páginas para simplificarlas, haciendo suyos (y llevándolos al lector) los fundamentos del libro e, incluso, malentendidos. William González Guevara resume para ABC:
A principios del siglo XXI el modelo generacional fracasó. Ninguna etiqueta aglutinó a los poetas jóvenes y nadie quiso declarar guerras literarias. La crisis de 2008 politizó la escritura y no sería hasta la segunda década (2011-2019) cuando el panorama se organizó en torno a dos corrientes sin jerarquías: el experimentalismo vanguardista y el realismo figurativo renovado, convivencia que el premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández, creado en 2011, certificó premiando a poetas de ambas orillas.
Preocupa especialmente que para los periodistas y críticos que valoran el libro el hecho de que no haya confrontación en la poesía sea, automáticamente, síntoma de buena salud de esta. Por otro lado, a José María Plaza en Zenda le llama la atención la ausencia de Sara Búho, Loreto Sesma y muy especialmente de Elvira Sastre.
También recordamos la nota de Alberto Olmos para El Confidencial, fundamentada en un florilegio de incongruencias: «Nos caen mal los poetas porque son, casi siempre, amén de señoritos, mezquinos». «La Agencia Tributaria acaba con muchos poetas, y eso es lo mejor que podemos decir de la Agencia Tributaria». «Había un poeta (Vicente Gallego) que pesaba la basura, quiere decirse que ese era su trabajo, pesar camiones de residuos urbanos, y eso era algo que daba esperanzas a la poesía, porque entraba en ella todo el sabor de los lunes por la mañana». «A mí me escribes “sexodisidente”, referido a un poemario, y ya puedo ponerme a ver la tele». «La tesis chiripitifláutica de Un estallido es que no sabemos la suerte que tenemos, pues hay ahora unos poetas increíbles que no habíamos visto en todo un siglo». «Afirmar que desde los Lorca o Cernuda a hoy no ha habido una concentración de talentos poéticos tan “vital” es abiertamente disparatado». A este punto del texto, el criterio con el que valora la selección de autores sorprende menos: «Comparece gente que me gusta, como Ángela Segovia, gente con la que tomo café, como Luna Miguel, y algunos que hasta saben escribir endecasílabos, como Ben Clark. Luego hay otros en los que no sucede nada de lo anterior, y escriben galimatías».
Tal vez sea Jordi Gracia a priori el crítico del que podíamos esperar un análisis más interesante. Reseña para Babelia esta antología y la de Juan Marqués bajo el título La joven poesía española del siglo XXI. Sin embargo, da la sensación de que le queda un poco largo, o grande, el espacio otorgado, que hubieran tenido que solicitar al cajista más ducho de todo el suplemento para que rellene con una enorme ilustración en forma de plumín el área que el texto de la reseña no cubre. Pareciera que el crítico seleccionado por El País para reseñar tan importante volumen en fecha tan señalada, el Día Mundial de la Poesía, no conoce muy bien de qué va la poesía del último cuarto de siglo. La verdad es que a uno le gustaría esperarse algo más que una rápida lectura al bies, y unas pinceladas de «predilecciones instintivas», la propuesta de un personal «canon improvisado» y repeticiones: «La novedad más obvia ya la he dicho: figuran muchas mujeres entre lo mejor de ambas antologías.» En cualquier caso, deja pasajes de interés que retomaremos.
José Antonio Llera, en Cuadernos Hispanoamericanos, señala: «alcancen a ser fundacionales o no, la historia literaria nos ha enseñado que existen al menos dos grandes clases de antologías: aquellas que se centran en una tendencia o grupo, y las que tienen un carácter panorámico. Las primeras son, con mucho, las que han proliferado en la literatura española, y lo han hecho con objetivos -declarados o no- decididamente canonizadores».
Como es sabido, el hecho de querer pasar una antología programática por panorámica es una de las estrategias de marketing que utilizó la generación del 27, además de encuentros, fotografías grupales, u otros recursos. José Francisco Ruiz Casanova lo comenta en el imprescindible Anthologos: Poética de la antología poética (Cátedra, 2007), ilustrándolo precisamente en cómo son presentadas las vanguardias en las antologías de la generación del 27 preparadas por Gerardo Diego:
Lo que le molesta al crítico [Guillermo de Torre], y lo que denuncia pues, es que al puentear Gerardo Diego a los ultraístas, fijando lo que parece continuidad entre el Modernismo y la vanguardia representativa pero parcial del 27, el antólogo está negando la identidad y la existencia de las primigenias estéticas y poéticas españolas de vanguardia; en otras palabras, Diego hace pasar por antología panorámica lo que en realidad es antología programática o de grupo, y ésa es la incoherencia factual que detecta y denuncia Guillermo de Torre.
Y siguiendo a Ruiz Casanova (p.62-69), convendría recordar las justificaciones de los criterios antológicos más habituales usados por los antólogos: «Las necesidades del público lector», «La apelación a la deseada (y tantas veces utópica) “objetividad”», «Selecciones de poemas, no de poetas», «La selección como reflejo de una teoría o historia literarias», «La representatividad de la selección», «La antología como emanación o consecuencia del juicio crítico o del juicio de valor» y «La selección como abreviación».
Parece que los editores de Un estallido se aferran en exceso a la selección como reflejo de una teoría o historia literarias y a la antología como consecuencia del juicio crítico o del juicio de valor, queriendo defender una ejemplaridad que la extensa selección de poemas y poetas no les brinda. Con estos mimbres, las necesidades del público lector (y de la crítica) y la objetividad corren el riesgo de quedar en segundo plano fácilmente.
Si la calidad de los poemas y la lista de incluidos es importante en la concepción de una antología es algo en lo que difiere la crítica. Llera dice: «la discusión en torno a los ausentes en una antología siempre me ha parecido estéril, pues lo que debe discutirse es si está bien articulada desde el punto de vista teórico y crítico». Álvaro Valverde, sin embargo, opina: «Teorías y cavilaciones aparte, la razón de ser de cualquier antología poética está en los poemas que reúne». El gran problema que tiene este libro reside precisamente en la dificultad que puede encontrar el lector en encontrar una selección representativa de poemas y versos de calidad. Y ello puede debilitar también la validez del estudio crítico. Aunque pretenda ubicarse como «un libro fundacional que lo ordenara todo» en palabras de González Guevara, resulta muy evidente, tras una relectura de las cuatro antologías de Cátedra, que esta, aun siendo la más extensa, es seguramente aquella en la que el lector lo tiene más difícil para encontrar una extensa selección de buenos poemas. El tiempo dirá si por la calidad de los poetas antologados o por el momento tan temprano, en comparación con las otras, en que se ha planificado su estallido.
Llegado a este punto, creo oportuno reflexionar sobre un par de cuestiones: 1) cómo el diseño crítico de este volumen condiciona la selección de autores y consecuentemente de textos; y ambas selecciones la calidad de la antología. 2) La búsqueda de un aliciente crítico novedoso -en este caso llamado “ruptura e hibridez”-, ¿hasta qué punto no la convierte en una antología programática camuflada de panorámica, amparada por un plan de marketing?
Patricia Crespo se hace preguntas muy parecidas en su interesante reseña para Zenda, Cartografía de un estallido:
Si el periodo estudiado se caracteriza por la descentralización de los mecanismos tradicionales de consagración, cabría preguntarse hasta qué punto las nuevas estructuras han terminado reproduciendo dinámicas semejantes bajo apariencias más horizontales.
A pesar de la voluntad declarada de los editores por rehuir las etiquetas rígidas y ceñirse al «panorama», ¿estamos realmente ante una generación literaria o ante un mapa de complicidades estéticas y de mercado? ¿La antología identifica una generación ya existente o, en cierta forma, contribuye a crearla al reunir en esta obra a autores que tal vez no se percibían como parte de un mismo grupo?
La relevancia de Un estallido tal vez resida precisamente en esa tensión. Más que un espejo de la poesía española contemporánea, funciona como una intervención en ella. No se limita a describir un panorama: participa activamente en su construcción crítica. La introducción no acompaña la antología; produce las condiciones de legibilidad que permiten leerla como panorama. Ahí radica tanto su mayor fortaleza como su principal punto de discusión crítica.
Un tema siempre espinoso para la crítica con aspiraciones panorámicas es el de la agrupación de los poetas; es decir, el uso de los conceptos de grupo, promoción, oleada o generación, entre otros. En este caso se ha optado por el de «generación biológica», como justificación del «enfoque panorámico» y del estudio organizado por lustros. Se incluyen a poetas nacidos en un determinado arco temporal (1984-2000), pero sorprende sobremanera que no se justifique en ningún lugar la fecha de partida. ¿Por qué 1984 y no 1982, o 1980 por ejemplo? Es especialmente extraño porque uno de los grandes trabajos preparatorios para este volumen[4], realizado por los editores y Ángela Martínez Fernández parte de 1982.
También se echa en falta que se explicite el criterio utilizado para ordenar a los poetas nacidos en un mismo año (1984, 1985, 1986, 1990, 1993 y 1997) ya que no es alfabético ni cronológico. En otras palabras, ¿por qué recibe el honor de abrir la antología (como en su día lo hicieran Carmen Conde, Antonio Martínez Sarrión y Ana Rossetti) la «poética lenguajeadora» de María Salgado y no el laureato de «dicción clásica» Clark, que atesora el Premio Nacional de la Crítica?
Y es que más allá del uso de concepciones programáticas o panorámicas, de organización del campo en generaciones, oleadas o grupos, también podría traerse a colación el concepto de «generación natural», que atiende a lo que puede aportar una promoción a la poesía en el campo de la poética y la estética; a la vida útil que tienen estos presupuestos antes de que empiecen a agotarse o desarrollarse de otro modo.
Si, siguiendo a Abraham Gragera entre otros, entendemos la poesía como un ser vivo, y no como objeto de taxidermia crítica, la promoción anterior[5] culmina la batería de propuestas poéticas -aunque continúen completándose, mutando y dando sus mejores libros ahora- con dos poetas nacidos en 1979: Erika Martínez y Juan Andrés García Román. Dos nombres que han abierto puertas por las que han transitado los más jóvenes con cierta preocupación por ser vistos. Aunque muchos poetas del estallido suelen ponerse de perfil ante la pregunta sobre la influencia de la poesía reciente en su obra, la respuesta de Berta García Faet en Lecturas del desierto nos aclara bastante[6].
No entraré con gran profusión, al carecer del conocimiento suficiente, a valorar en profundidad la lista de excluidos, pero tampoco quisiera pasar de puntillas por esta cuestión, que algunos críticos consideran tabú. Me gustaría hacer una referencia comparativa con El tiempo está cambiando en un aspecto: la de los cabezas de serie. Dice Juan Marqués: «creo que el poeta español joven que mejor ha entendido de qué va el siglo XXI es Manuel Mata […], es el mejor representante que yo conozco de esa especie de vandalismo trascendente que marca una de las líneas más significativas de esta generación». Para detenerse después en su «humor secretamente grave».
Dos rasgos de estilo, el humor y la trascendencia, que aparecen poco en Un estallido. En este sentido, José Luis Morante en Infolibre aporta: «El análisis de esta selección de autores muestra un claro desequilibrio en su enfoque. Privilegia el modelo experimental y la ruptura y apaga luces y ofrece una perspectiva borrosa del modelo figurativo, con una notable cantidad de poéticas silenciadas. Se aplaude con desmesura la hibridez, la emergencia vanguardista, la agitación y la fragmentación, asociando la escritura realista al estatismo conservador, la inercia y la somnolencia digestiva del canon». En una línea parecida, el poeta Jesús Beades confiesa: «El cripticismo de muchos de estos textos, la falta de contexto, el uso de versículos interminables o falta de puntuación, o puntuación en mitad de una palabra (por ejemplo: "ent.re") en muchas ocasiones me ha terminado venciendo».
Y es que da la sensación de que los poetas llamados «de vanguardia» del Estallido pretenden encontrar su estilo, su voz propia, haciendo literatura casi exclusivamente a través del «lenguajeo», y es ese uno de los temas capitales, por mal interpretados, con los que tiene que lidiar el poeta actual: qué hacer cuando se seca tan rápidamente la sustancia resultante de la emoción (que le produjo la escritura). Jordi Gracia lo ve de forma similar al referirse a «estos ejercicios que [Molina] llama de “vanguardia”, lo cual suena un poco extraño, y en realidad designa las renovadas tentativas de experimentación con el lenguaje, la opacidad del sentido o la asociación libérrima de imágenes y palabras sin que esas sacudidas formales emitan una emoción compartible o audible en el poema».
Sorprende, por lo tanto, la escasa actualización que hacen algunos de estos poetas de los recursos de las vanguardias, más deudores de las vanguardias históricas que preocupados en investigar las posibilidades que podría tener una escritura vanguardista en el siglo XXI. Se percibe una influencia de las estéticas rioplatenses en boga en los años ochenta del pasado siglo (desde el neobarroso a la puesta en voz de la poesía, pasando por la poesía experimental), pero sin una actualización décadas después. No parecen estos poetas capaces de darle una vuelta de tuerca por el momento a las propuestas de Perlongher o Marosa di Giorgio y demás compañeros de viaje, sino más bien acomodarse al rebufo de su supuesta novedad en la península ibérica. Por momentos su conformismo estético, que nada aporta a una supuesta ruptura, recuerda a las capacidades de los epígonos de la poesía de la experiencia.
Me gustaría finalizar planteando algunas cuestiones con la esperanza de que puedan suscitar reflexiones o críticas a esta crítica. ¿Es realmente esta una antología panorámica, como se promociona? ¿No estaría ese panorama más completo y sería más respetado con la singularidad de las voces y las calidades poéticas de, por ejemplo, entre otros, Manuel Mata, David Leo García (elogiado repetidamente en el prólogo, y absuelto en 2025), Fruela Fernández (1982) con su aportación a los nuevos diálogos culturales más que a la espacialidad, o Juan de Salas, aunque no sean de sesgo «vanguardista», tal y como entienden el término los editores?
¿Puede ser que las exclusiones, o la selección, tengan que ver con que los viejos malabarismos del antólogo por cumplir la cuota femenina aquí se hayan transformado para conseguir una superioridad numérica de poetas mujeres, como dice Santos Domínguez en el blog Encuentros de lecturas?[7]
¿Hasta qué punto es oportuno incluir a poetas con tan poca trayectoria e impacto en una línea editorial de este fuste? ¿Ayudan a esclarecer el panorama o colaboran a aplanar el nivel haciendo bulto, y a confundir al lector no especializado? ¿Son, aunque poetas no imprescindibles por el momento, el correlato necesario para la construcción crítica del libro?
Además, ¿qué sentido tiene (¿útil, gracioso, marketiniano?) promocionar que su alcance no tiene parangón más que con la generación del 27? ¿Es otra estrategia editorial para que tengamos que vernos obligados a darle la razón en algo a Olmos?
La mejor noticia es que con este libro toman la confirmación, con sus errores y su arrojo, y empiezan a animar el área de la crítica de poesía española actual -que conforma también el campo poético- algunas voces. Voces que vienen a diseñar el nuevo espacio de lo que realmente adolece desde hace lustros la poesía española: una nueva generación de críticos.
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[1] «Los Novísimos», «Los años 80», «La poética del silencio o el neopurismo», «Del culturalismo a la vida», «Poesía escrita por mujeres y neoerotismo», «Poesía de la experiencia», «La otra sentimentalidad», «Poesía de tendencia neoclásica y helénica», «Neomodernismo, ironía y pastiche», «El neosurrealismo», «Renovada conciencia social», «La nueva épica».
[2] María Salgado, Ben Clark, Lola Nieto, Elena Medel, Javier Vicedo Alós, Bibiana Collado Cabrera, Martha Asunción Alonso, Unai Velasco, Ángelo Néstore, Ángela Segovia, Berta García Faet, Luna Miguel, Ruth Llana, Álvaro Guijarro, Cristian Piné, Gema Palacios, Xaime Martínez, Mayte Gómez Molina, Pablo Baleriola, Rodrigo García Marina, Andrea Abello, Juan Gallego Benot, Rosa Berbel, Laura Rodríguez Díaz y María de la Cruz.
[3] Dicen los editores en el prólogo: «somos conscientes de que esta nómina tiene un potencial legitimador para quienes la conforman, incluso de intervención en el campo».
[4] «Sea como sea, por encima del número total de 47 autores y autoras antologados resulta más reveladora la decisión taxativa de incluir a aquellos nacidos a partir de 1982. Y es que esta fecha liminar -habitualmente empleada como punto de partida de la llamada generación millenial- no solo marca en España el comienzo de los 14 años de gobierno socialista de Felipe González, en los que se construyeron las nuevas bases del aparato cultural e institucional sobre el que aún se asienta la producción literaria y editorial del país; también supone un año estratégico en tanto que la entrada en los 2000 coincide con la mayoría de edad de los poetas jóvenes más veteranos. En otras palabras, los autores y autoras aquí registrados (ordenados por su fecha de nacimiento) han desarrollado necesariamente toda su producción en el siglo XXI, por motivos de edad». En «Lecturas del desierto. Antología y entrevistas sobre poesía actual en España. Poetas nacidxs a partir de 1982», coord: Álvaro López, Ángela Martínez y Raúl Molina, monográfico en Kamchatka, Revista de análisis cultural, Universidad de Valencia, 2018. p, 16.
[5] Entre los hermanos mayores de esa primera hornada, además de Luis Muñoz, Álvaro García y Ada Salas, son especialmente influyentes las poéticas de Juan Antonio González Iglesias (1964), Jorge Gimeno (1964) o Antonio Méndez Rubio (1967).
[6] «De otras generaciones, Erika Martínez, Miriam Reyes, Olga Novo… Carlos Pardo, Rafael Espejo… Mariano Peyrou… Blanca Andreu, Luisa Castro, Almudena Guzmán… A Juan Andrés García Román lo empecé a leer hace poco, desgraciadamente, pero creo que mi mayor conexión literaria a día de hoy es con él, me siento novia de sus libros».
[7] «Una antología, tan discutible como cualquier otra propuesta, a la que en esta ocasión no pondrán muchas objeciones las reivindicativas partidarias de la igualdad, aunque esta vez la nómina ofrezca un notable desequilibrio en favor de los nombres femeninos (15/10)».
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William González Guevara ABC 21/03/26
Jordi Gracia Babelia 21/03/26
Eric Gras El Periódico Mediterráneo 21/03/26
Mariano Peyrou La estación azul 04/04/26
Laura Ferrer Noudiari 04/04/26
Alberto Olmos El Confidencial 05/04/26
Benjamín Prado Cadena Ser 06/04/26
Luis Sánchez SER 10/04/26
Me sé cosicas 19/04/26
José Luis Morante Infolibre 23/04/26
Fernando Hernández Querido Bartleby 23/04/26
Alberto Gómez Sur 25/04/26
Juan Velasco Cordópolis 01/05/26
José María Plaza Zenda 07/05/26
Santos Domínguez Encuentros de lecturas 08/05/26
Tetuán30días 09/05/26
Álvaro Valverde El Cultural 22/05/26
Ballester Añón Levante 30/05/26
José Antonio Llera Cuadernos Hispanoamericanos 01/06/26
Pablo Romero Velasco Nayagua 01/06/26
Patricia Crespo Zenda 13/06/26
José Durán Rodríguez El Salto 20/06/26
Jesús Beades Nuestro tiempo 08/07/26
Antonio Lucas El Mundo 13/07/26
