Antonio Rivero Taravillo (1963-2025) entregó este texto para la sección La poética del traductor de poesía del número 5 de la primera época, que nunca entró en imprenta.

Una pregunta recurrente se agazapa ya en el quicio de este artículo sobre la problemática de la traducción de poesía. Toc toc. ¿Se puede? Tic tac. ¿No se puede? Dicho de otro modo, lo primero interviene en el espacio; en el tiempo actúa lo segundo. Si no hay ese tic tac que es el ritmo, «palabra en el tiempo», la traducción de poesía sirve solo para lo que la dictadura del sentido puede perseguir al espiar o realizar el escrutinio del poema interceptado de un disidente, de un perseguido por el régimen despótico de la prosa, de un candidato al Gulag: de qué trata el poema, a quién se nombra, lo que sucede en él. Pero eso, evidentemente, no es el poema sino sus despojos, no su carne mortal sino sus huesos más o menos mondos.

Yo he traducido un buen número de libros de prosa, pero fue con la poesía con lo que comencé, y es esa mi primera vocación, la más continuada. La cuestión es: ¿me he dedicado a un imposible? ¿He luchado no contra molinos sino contra gigantes?

Es este un debate que ha ocupado decenas de miles de páginas en todas las lenguas de cultura. Podríamos ser tajantes y responder simplemente con un sí o un no tan mondos y lirondos como el esqueleto al que me referí antes. Pero estamos hablando de poesía, en particular de la poesía lírica, y esta, si amante de lo breve y la condensación, no es amiga de lo unívoco. Por tanto, la respuesta que acude inmediatamente a la cabeza es: Pound, Auden, Heaney, Paz, Julio Martínez Mesanza, Luis Alberto de Cuenca, Leopoldo Panero, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, José María Valverde, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Ángel Crespo, José Manuel Benítez Ariza, Jorge Luis Borges, Alberto Girri, Mark Strand, Yves Bonnefoy, Mallarmé, Fabio Morábito, José Luis García Martín, Tomás Segovia, Eugenio Montale, Pere Gimferrer...

Todos los anteriormente citados son poetas que han traducido poesía. Y puesto que los resultados son, como poco, legibles y gozosos, y en algunos casos magistrales, creo que la cuestión está zanjada sin más necesidad de teorías. No hay que darle más vueltas.

¿Y en qué se puede diferenciar la traducción realizada por los anteriores de otra acometida por alguien ajeno a la poesía? De otra cometida por alguien ajeno a la poesía, quiero decir. Fundamentalmente, en el foco, en el objetivo: el querer conseguir poemas que funcionen como auténticos poemas en la lengua de llegada. Todos los mencionados arriba, de manera consciente o no, formulada con las mismas palabras u otras parecidas, en la nuestra o en la propia lengua de cada uno de ellos, suscribirían esta rima de Antonio Machado, que, de 1924, es ya nonagenaria y sin embargo actualísima:

Canto y cuento es la poesía.
Se canta una viva historia
contando su melodía.

El qué y el cómo, con el cuánto y el cuándo de la música, es lo que, todo junto, hace el poema y en consecuencia una traducción poética. Ojo, que tampoco basta con la prosodia y los elementos fónicos, como estos no hacen íntegramente el original. «Góngora no es solamente sonido. Cuando este es el caso, una traducción a otra lengua en prosa no tiene el menor sentido, y Góngora es absolutamente extraordinario en traducción inglesa», escribió Auden.

Se ha argumentado muchas veces pero hay que recordarlo: no basta conocer la lengua de partida. Pero tampoco tener, sumado a eso, un excelente conocimiento de la de llegada. Shakespeare, por ejemplo, no solo escribe en inglés de finales del siglo XVI y principios del XVII. Tennyson no solo canta en el del siglo XIX. Heaney no lo hace exclusivamente en el del XX. Todos ellos emplean además un segundo idioma, universal, que es el de la poesía: en él intervienen los elementos del lenguaje figurado que permiten hasta cierto punto una transliteración en prosa, sí, pero también los de la versificación y la prosodia, que la eluden, y estas son virtudes sin las cuales la traducción queda coja, pues esta se sostiene sobre la lengua y sobre la combinatoria poética que parte de esta para ser otra cosa.

Cuando se me interroga si hay que ser poeta para traducir poesía, creo que habría que darle la vuelta a la pregunta, una vuelta total como una especie de cinta de Moebius, y hacerla afirmación: quien consigue traducir como poesía un poema, ese es poeta. Un poeta complejo y de muy difícil traducción, Gerard Manley Hopkins, escribió en un soneto: What I do is me. Lo que hago, eso soy yo.

Es evidente que es necesario tener un muy buen conocimiento de la lengua de partida. Yo, hace años, cometí algunos errores imperdonables por un deficiente dominio (es decir, una falta de dominio del inglés). En la traducción de poemas de Robert Graves para Pre-Textos se me coló la traducción de bolt por cerrojo, cuando por el contexto significaba rayo. Que me parta un rayo, fue lo que me dije interiormente al descubrirlo. También, hablando de cerrojos y guardar: trágame, tierra.

Uno tiene que ser muy humilde en este oficio, y reconocer siempre sus errores. Y también defenderse de aquellos que injustamente se le puedan imputar, como (y aquí salto a la prosa) me sucedió al traducir con lenguaje inculto y errores el habla de un personaje semianalfabeto, esfuerzo que un profesor al publicar su reseña tomó, el pobre, por descuido mío poniéndose él mismo en ridículo.

Robert Lowell escribió en su introducción a Imitations (1962), la colección de sus versiones poéticas, que «Boris Pasternak dijo que el traductor normalmente fiable capta el significado literal, pero se le escapa el tono, y que en poesía, por supuesto, el tono lo es todo». Eliot desaconsejó a su paisano que calificara de «traducciones» sus ejercicios, y esto pesó en que Lowell optara por el título más libre de imitaciones: «Si usa la palabra traducción en el subtítulo atraerá a todos esos meticulosos critiquillos a los que les encanta hallar lo que les parecen errores de traducción. Se acordará usted de todo el lío que se armó con el Propercio de Ezra Pound». Lowell aprendió la lección y declaró que su intención era «escribir un inglés vivo y hacer lo que mis autores habrían hecho si estuvieran escribiendo hoy en América». Y efectivamente, se permitió muchas licencias. Pero si no son imitaciones lo que publicamos es preciso mantenerse más por la senda de la fidelidad. Aunque sin duda son, siempre, limitaciones el resultado.

A mí, traducir poesía me ha servido para formarme y crecer como poeta. Una cosa es segura: de no haber traducido, mi poesía sería más limitada, inferior. Esto, que siempre ha sido algo asumido por mí, lo hallé hace años formulado en una evocación del poeta estadounidense W. S. Merwin, quien escribió: "Comencé a traducir con la idea de que podría aprender algo acerca de la escritura de poesía." Volvamos de su mano al autor del Homenaje a Sexto Propercio, a la sazón encerrado en un manicomio estadounidense: «Cuando aún estaba en la universidad, realicé el peregrinaje a St Elizabeth’s para ver a Pound. Este habló del valor de la traducción como medio para aguzar continuamente la conciencia que un escritor tiene de las posibilidades de su propio idioma».

No es impertinente traer aquí a Yeats porque, siempre interesado por las ciencias ocultas, y sobre todo a partir de su boda con George Hyde-Lees, una médium, el poeta cultivó el contacto con voces de espíritus, del trasmundo. Algo de eso hay en la traducción. Sobre la ouija y esas comunicaciones mediúmnicas del Nobel irlandés trata, precisamente, entre otros asuntos, mi reciente novela Los fantasmas de Yeats. He traducido toda la poesía de Yeats. Y en Vaso Roto aparecerá mi traducción de El libro de Efraín, de James Merrill, un auténtico obseso por el tablero de letras que recorre un vaso, a diferencia del nombre de la editorial no hecho añicos. Lo primero fue a propuesta mía; lo segundo, un encargo que, confieso, se me atragantó. Debí haber traducido completo el muy extenso La luz cambiante en Sandover, pero perdí fuelle y me quedé en la primera parte de ese ciclo, entre otras cosas porque abordé otros proyectos (recuérdese que la traducción es solo una de las patas de mi mesa como escritor; una pata importante, sin duda, pues como ya he dicho en alguna ocasión para mí la poesía es una droga: escribirla es mi heroína, y traducirla mi metadona).

Veo ahora que he tenido suerte a lo largo de estos años, o mejor dicho, y esto es una lección aprendida y que quisiera transmitir: Audentes fortuna iuvat, como se dice en el verso de la Eneida. La suerte ayuda a los audaces. Uno tiene que trabajar duro para persuadir a la Fortuna de que se ponga de su lado, emplear la elocuencia del afán. Yo demostré tanto interés en Ezra Pound ante mi profesor de Literatura Inglesa que este me sugirió que tradujera una antología suya de la que él haría la introducción. Acaso sea yo el único coautor (el traductor lo es) de la Universidad de Sevilla que haya publicado en su editorial siendo un mero estudiante. De hecho, lo sigo siendo: no ya porque continúe matriculado, que no es el caso, sino porque, como muchos de los incluidos en la lista de traductores-poetas, poetas-traductores o poetas a secas, empezando por Octavio Paz, autor de Versiones y diversiones, jamás llegué a licenciarme.

Siguiendo con el espiritismo, no sé si uno proyecta su ectoplasma sobre el texto traducido o es el original el que lo hace sobre uno. ¿Quién habla por boca de quién? Tanto me interesaba la literatura artúrica que traduje La Dama de Shalott y tras el pinchazo con una editorial, que me estuvo dando largas durante años, conseguí publicarla en otra mejor. La viñeta con una copa que ostenta en la cubierta (casi un grial, como conviene al contenido) fue una de las últimas que dibujó Ramón Gaya y el volumen obtuvo el Premio al libro mejor editado concedido por la Generalidad Valenciana.

Haber frecuentado círculos literarios me abrió puertas para publicar proyectos que yo había emprendido por iniciativa propia, y también encargos que me llegaron de diferentes lugares. Así, he traducido poesía para el British Council. Una cosa lleva a la otra: daré varios ejemplos. Haber traducido a autores gaélicos irlandeses como Flann O’Brien o los medievales de la antología que saqué en Gredos hizo que un día me llamara Chantal Maillard para anunciarme que una editorial estaba buscando traductor para una novela de Jamie O’Neill. De ahí salió uno de mis tours de force: Nadan dos chicos.

Haber traducido los Sonetos de Shakespeare y haberlos publicado en Renacimiento a su vez posibilitó que Alianza se interesara por ellos para su colección de bolsillo, y me sirvió de tarjeta de presentación perfecta para ofrecer la traducción de la poesía completa del bardo a la Biblioteca de Literatura Universal. Y que una editorial me encargara a Christopher Marlowe, y otra a John Donne, y esta misma, algo después, a su tocayo Milton. Por otra parte, la punta de lanza de los Sonetos me ha permitido publicar en Alianza traducciones de Keats (en edición ampliada de la que en La Veleta obtuvo el I Premio Andaluz a la Traducción Literaria) y, este mismo año, sendas antologías de Donne y Poe. Y algo con lo que nunca soñé: el contrato para sustituir con traducciones mías las nueve de obras de teatro de Shakespeare realizadas en su día por Astrana Marín que incluye el catálogo de Alianza, que me gustaría extender, con el tiempo, al resto de la dramaturgia del Bardo. No exagero si digo que con Shakespeare aprendí a escribir versos, porque la exigencia de aclimatar sus pentámetros yámbicos a endecasílabos blancos españoles (esa fue mi decisión, siguiendo el ejemplo de Manuel Mujica Lainez) me dotó de una musculatura verbal que luego pude aplicar a mis poemas. Shakespeare fue mi escuela. Y no fue, desde luego, mal maestro.

Cosa rara, casi siempre he podido escoger lo que he traducido, ya sea porque lo propusiera yo a una editorial, ya porque esta me encomendara algo acorde con mi gusto y sensibilidad. Se puede decir que he sido afortunado. Pero, también, que la suerte me hubiera acompañado mucho menos si yo no hubiese sido al menos audaz, lanzándome a conseguir lo que ambicionaba.

Soy, eminentemente, traductor de poesía, y ahí es difícil ganarse la vida. Hay que condescender con la prosa. ¿Qué podría yo, hoy, aconsejar a alguien que empieza? En primer lugar, la exigencia con uno mismo. Un traductor no es un intérprete, no debe estar acuciado por la inmediatez. Con independencia de la ratio tiempo invertido/retorno económico, uno tiene que presentar un resultado no meramente digno, sino el mejor posible. Hay que echarle horas, si no eras. A riesgo de ser grosero, proclamaré que no se traduce con la cabeza ni mucho menos con el corazón: se traduce, con perdón, con el culo. Efectivamente, pegado a la silla y ante el papel o el ordenador: horas enteras sin levantarse. Hay que hacerlo así para no traducir también con el culo: es decir, mal.

Algún día querría recoger en un volumen mis traducciones poéticas. El título provisional, tal vez demasiado largo, es El friso de un común anonimato, que es mi traducción de un verso del soneto de Heaney «Los cortadores de simientes». Ese anonimato creo que retrata bien (¡sin rostro!) la fusión de autor y traductor, de original y traducción. Tal vez no sea improcedente acabar con un poema propio sobre este asunto, en el que la poesía se muestra en su faz doble, la propia y la ajena:

 

DE LA NECESIDAD DE LOS TRAIDORES

Los mejores poemas
son consumadas traducciones
de lo que siento.
Y sus autores, aplicados artífices,
aunque a veces
pierdan matices
y no expresen
perfectamente mis temas,
mi pensamiento.