Luis Melgarejo (La Zubia, Granada, 1977) ha publicado hasta la fecha tres libros de poemas: Libro del cepo (Hiperión, Madrid, 2000), con el que obtuvo el XV Premio de Poesía Hiperión; Los poemas del bloqueo (Cuadernos del Vigía, Granada, 2008; 2ª edición corregida y ampliada), que fue Premio Javier Egea de Poesía en 2005; y Tiritañas y guiñapos (Saltadera, Oviedo, 2017). Poemas inéditos y primeras versiones de algunos de sus textos han sido recogidos a lo largo de los últimos años en numerosas antologías y revistas literarias a ambos lados del Atlántico. En colaboración con el colectivo La Palabra Itinerante, investiga en el ámbito de la poesía escénica y de la pedagogía literaria y, junto con el guitarrista bonaerense Esteban Jusid y el artista plástico granadino Iván Izquierdo, desarrolló hace unos años Subdesarsur, espectáculo interdisciplinar que aunaba sobre el escenario poesía, música y pintura. Ha impartido talleres de creación literaria y animación lectora en bibliotecas, centros educativos y centros de enseñanza de adultos de toda Andalucía. Lleva, además, más de 20 años enredando vida y literatura en La Casa Con Libros, en La Zubia (Granada), espacio plural con una larga trayectoria ya a sus espaldas y que recientemente ha reabierto sus puertas como librería de viejo en la que semanalmente se organizan actividades culturales de toda índole: recitales de poesía, presentaciones de libros, exposiciones, talleres de escritura creativa y clubes de lectura. Es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada y Máster en Edición por la Universidad de Salamanca. Actualmente, y gracias a una de las Ayudas a la Creación Literaria 2025 que el Ministerio de Cultura concede a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura, está ultimando la escritura de un nuevo libro de poemas, al que pertenecen los seis inéditos que aquí se comparten

CHARLANDO A LA FRESCA EN EL TRANCO DE UNA PUERTA

Rafael Guillen in memoriam
Yo no sé si tu infancia, Rafael, fue feliz ni si esa sinrazón podrida de razones que fue la puta guerra secó los corazones de tu gente y la mía. Soy un simple aprendiz que arrejunta palabras. Y no tengo tu edad. Hoy he vuelto a ese poema donde cuentas cómo eras cuando aquí tú viviste de zagal y tu canto me ha traído a mi abuelo entre cal y rastrojos. Y aquel como vacío de tan pronta orfandad que apenas sí llenaban fusiles y banderas y aquella como niebla de alcanfor y de espanto que Dolores, tu madre, se traía a los ojos me ha entrampado la entraña. Ha cambiado La Zubia. Y el amor, la justicia, la memoria y la lluvia.  

AMENAZAS Y ALIVIOS

Incendios y palomas asolan indolentes el tedio insobornable de este último verano. Esquivas a la escoba de ramas de retama, las plumas, por el patio, se impregnan con las heces del bicho de la paz. Que sople este jaloque tampoco ayuda nada y pavesas y plumones trepidan sin concierto en el hueco de la asfixia, burlándose, cansándome, zafándose de mí. Me abraso en un fragor metódico y exacto que rige y organiza las noches y los días, durante esta canícula inhumana. La perra contempla entre impertérrita y turbada mi derrota cuando antes de las diez deambulo por la casa bajando las persianas y entornando postigos. He visto un avispero como un puño rabioso colgando en la cornisa enjalbegada del balcón. No sé qué pasaría de no ser por el grato silencio de las plantas y su compaña cierta, al alba, justo cuando despunta poderoso, tras los cerros, el sol y se me achican lentas las pupilas o cuando, ya pasado el fulgor de todo un día entero, vuelven a dilatárseme mientras en el arriate se embeben las raíces. Me puede una certeza de viejo cascarrabias que noto aquí sudando por dentro a cada instante de este pellejo mío mientras crece —letal, absurdo, terco, prístino— todo este encono fútil que gasto contra un mundo que apenas reconozco de tanta gente idéntica mirándose en espejos, tatuándose en pantallas de rápido y más rápido, viviendo entre motores y licuando la magia del presente infinito con vacua sed de ser. ¿Será cosa del cambio climático también este odio que me sube cabrón por el esófago como lengua de fuego? Y las putas palomas ¿de dónde es que han venido? ¿Por qué pululan tantas? ¿Sólo saben nacer? ¿Es que nunca se mueren? He escuchado en la radio el parte meteorológico y que está ardiendo la sierra de mi infancia y que el viento de la historia se aviva. Ya ni lloro ni rabio. Ni me pesa la pena. Solamente me asusta que la flor del estrago me encandile y me embriague como a tantos que entonan orgullosos los himnos del terror por las calles y comparten los bulos de esa odiosa quimera que barata les venden y ellos compran ufanos y arrogantes. Me temo que un puñado de avispas se demora en el caño del pilar de la plaza. Son bastantes. Y acechan. Cuando luego refresque, si refresca, la noche volverá a ser la noche del principio del mundo.

ERRE QUE ERRE

Aunque me ames sigo a dos velas. Dudas, dilemas: ¿Entras o sales? ¿Viles metales o más problemas? ¿Lumis o ulemas? ¿Liman los males espirituales? ¿Lamen los lemas y los emblemas los generales? ¿Sirves o vales? ¿Medias o extremas? ¿Nadas y remas? ¿Mismas e iguales? ¿Son criminales los enfisemas? Si son pamemas sentimentales o personales, ¿no son poemas? ¿Tú me camelas? Ojalá llames.  

SAJA Y ZURCE

Las nubes se tornaron nubarrones. La gente repelente del Gran Banco buscó con gran urgencia su barranco, quedó pendiente encima de sus zancos y el désô de su entraña colapsó de sopetón. Y al pronto el sol salió con un fulgor unánime, de todo corazón, a plena víscera, y no hubo ya más nada miserable ni más nadie sangrando a semejantes. Lo juro por lo eléctrico que vibra entre las vértebras de esa espalda del orbe que nos sostiene el pulso, por ese saja y zurce que nos colma de dinero y dolor. De dinero y dolor. Como te estoy contando, mi niña. 'So fue tó: Los mansos se volvieron mansurrones.  

NO TAN MANGUI

A Javier Morales Moreno, Gran Jefe Indio de los Sioux Cahorreros, con motivo de su sexagésima revolución planetaria.
Verte escalar, Javier, es como ver a un pulpo fluyendo submarino, como le da la gana, por un mar que es que es suyo y no me extraña que vibre la luz como de tripi cuando salvaje y libre te encalomas por placas y desplomes bailando saleroso y travieso, perro viejo y cabal, gran titán cefalópodo. Porque verte trepando como sólo tú sabes ya lo vemos normal quienes te conocemos, pero es algo inaudito, cosa digna de verse, camuflaje infinito con la roca, Javier, de verdad, sin ojana: esa técnica tuya es cahorrera y de pulpo. Que no acabe el disfrute con ningún horizonte. Que la vida la sigas respirando en el monte.  

URDIMBRE VIVA

I.
De Adoración, la madre de mi padre, conservo todavía tres saquitos que apenas sí me pongo porque pican, un par de calcetines de basta lana parda y esa bufanda larga y rojinegra que en tardes de brasero fue tejiéndome mientras su voz cascada me iba desenredando la madeja de la crueldad humana cuando era ella mozuela en la posguerra. Y también la toquilla que en invierno se echaba para el trajín diario de una casa modesta.
II.
Conservo de mi abuela Florentina, la madre de mi madre, la camisa de seda que tan blanca y exacta me cosió para cuando en la iglesia me endiñaron aquel primer hostión en plena infancia, otras dos más baratas, de tergal, la máquina primera de pedal que se compró con las tres mil pesetas de su boda tras expresar cabal y razonada su renuncia al dispendio obligado de la luna de miel y algún que otro bordado de impecable factura, iniciales ornadas y motivo enigmático como el tatuaje indómito que queda en la entretela de la vida cuando algunas palabras se hacen cuerpo.
III.
E incluso de mis dos abuelos algo queda, creo. Este acento que a veces me retumba en el pecho cuando anudo palabras es el deje cerrado de mi abuelo Manuel trenzando sogas de cáñamo, cargando arrobas de esparto, lino, yute, tarareando. Y esta tenaz prosodia, esta sintaxis zurda, sin remiendos, me dicen que me viene de mi abuelo Isidoro, si quienes lo trataron no me mienten.
IV.
Y tú, hija, ¿qué harás cuando mañana estés desnuda frente al odio? ¿Con qué te arroparás en la alta noche del miedo y de las falsificaciones? ¿Con cuál de mis chaquetas madeinchina? ¿Con todos nuestros muertos? ¿Con esa urdimbre viva y compartida que resiste en las lenguas que como un don tu madre y yo te dimos?