Manuel Habas (Córdoba, España, 1992). Graduado en Filología Hispánica. Su obra poética se presenta inédita.

Poeta y vago, como Roberto Bolaño.

PARECÍA QUE, desde fuera, aquel mismo tonto que ni gabardina le rodeaba volvía a lo mismito. A su única facilidad. Menos mal que el cliché lo perdimos cuando empezamos a subir y nos confundimos con la primera puerta. Sí que es verdad que estaba de par en par después de haber esperado a que los demás nos dejaran a solas en el descansillo. A mí me extrañó que hubiera un cadáver sentado en el sofá que se veía desde afuera. Como un zorro esperé sin fumar a que se equivocase, sin hacer más daño. Lo más romántico que pasó arriba fue no escucharla, porque me hacían tanta gracia las excavadoras y toda la calle levantada y llena de polvo que me emocionaba la idea de que, por fin, la suciedad era lo más importante. Aquello era lo mismo que mi futuro, o al menos el que pretendía. Sí que me derrotó la seguridad con que me habló de mi tono de piel, y yo volví a bromear con que su familia fue nazi. Cuando subió tres o cuatro veces a por mí me dejé de tonterías y sus insultos eran regocijo de camino a su casa. Le di ese capricho hasta que empezó la primera cuesta arriba. PERDÍ mi ojo, perdí la cuenca, imagínate intentar seguir la pista. Al hielo, medio negro, ni se le propuso tener vigilancia. Todos los accidentes de octubre a octubre parecían forzar la tensión casi hecha de cachemire. Cuando por fin (armado de un valor que averigua de dónde pudo salir), me dejé caer, por puro agotamiento de amor puro, la boca se te hizo chica y arenosa, como si tu saliva hubiese dejado de ser un superalimento. Lo que sí se nos quedó pillado fue lo amargo de las dos narices. LLEVAN sesenta y cuatro días mirándome de cerca todas las cosas. Ojalá fuera uno de esos cuyo rastro fosforito va tiñendo de negro hasta las siete porquerías que pisan descalzos antes de echarse. Menos mal que una gran parte de los libros se alejaron del charco; ni siquiera ellos están siendo capaces de asimilarla dulce desintegración. A MITAD de todo fue cuando las pestañas de unos cuantos, las mías entre ellas, empezaron a molestar. Ni siquiera tenían la mínima pretensión de zumbar vibrando. Lo único que se movía era media cortina inútil. No hacía ni falta mirarla para ver que seguía sin hacer nada. El micrófono dorado te empezó a llamar antes de que las vibraciones y distorsiones, -lo único que de verdad nos hacía gracia-, acabasen con el poco suelo que sólo tú veías. Porque yo me quedé mirando el techo, que estaba igual, pero más borroso. Y aun así te dije por primera vez que había que salir de allí. ME VOLVIÓ a dar frío al entrar y ver a mi padre con las pastillas predispuestas. Su desayuno químico y mi almuerzo químico se reflejaron en cuatro o cinco cosas blancas. La chaqueta salió zumbando por encima de las gafas. Deprisa, deprisa, me fui buscando el pelo que me había guardado. Los ojos y la nariz en diagonal, el gusto a sudor. PEDÍ QUE se fuesen descolgando, sin balas y medio anaranjados. Ninguno de los que miraban y entraban hicieron ruido. Todas las bolas negras se estaban acariciando. La pinza becaria me tiró dos veces. Sólo quería estar preparado para llorar, no ser el azul que sobraba y se posaba. ¿CUÁNTOS cuadros se han caído esta noche si ya no está la familia de monos? La reunión de narices retocaba el fondo, que estaba más liso que las otras veces. Los marcos sin cristal y los tornillos medio dormidos sujetaban lo que podían. Los ojos más negros del mundo no tenían por qué haber llorado nunca. Al final resultó que habían venido a romperlos haciendo una serie de suaves ruidos. Todos los que estábamos solos enmohecidos en nuestro propio regazo contamos al cabo de los días que hubo un sismo.