Desde Hesíodo, quien en su Teogonía presenta a Hipno, personificación del Sueño, como hijo de la Noche y Érebo, hermano gemelo de Tánato, la muerte, el sueño ha constituido en la literatura y en el arte un fértil -e incorpóreo- terreno: espejismo o fantasía, esperanza o ilusión que carece de realidad, simulacro de la muerte o apariencia engañosa. Los primeros versos de La vida no fue sueño (Pre-Textos, 2026) del poeta jienense Juan Carlos Abril sugieren la volatilidad del sueño, aunque, en este caso trasunto del recuerdo, se esfuma y se disuelve en el crepúsculo de la vida. Porque lo que ha pasado, precisamente por haber sucedido, ha existido:

Todas mis esperanzas y mis ilusiones,
mis sueños y mis fantasías
se han convertido en un recuerdo
que se escapa, que intento descifrar.

La evidente e intencionada evocación que el título hace a La vida es sueño de Calderón de la Barca introduce una variación mínima pero decisiva para, precisamente, situar una de las claves del libro: no fue. La negación y el pretérito perfecto simple nos advierten a los lectores, testigos de su verso, que lo experimentado tuvo realidad. Aquello que el libro contiene, en tanto verdad no ficcionada, no puede retrospectivamente ni despreciarse ni reducirse a un «sueño». Los sueños, el paso del tiempo, los anhelos, las esperanzas, las sombras, los recuerdos, las ausencias… no han sido imaginaciones, sólo que al acercarse el sujeto poético a su desaparición y al olvido más necesita de la constatación y afirmación de lo experienciado. Entonces la poesía se convierte en espacio de resistencia a la desmemoria y da forma a aquello que, de otro modo, el tiempo convertirá en vacío: «Y que aquí te sostiene en el poema», concluye La vida no fue sueño.

Si bien no es un poemario pesimista, existe en él un cierto desencanto y decepción ante lo que acontece, y el tono elegíaco nace de la conciencia de la disolución y extinción, pero la escritura se manifiesta como respuesta a ella. Este tono se desprende no sólo por la presencia del tempus fugit, en cuanto motivo que hilvana las tres partes del libro:

Lejos quedan los días
de la inmortalidad.
Con el cabello gris, me acerco
a través de las últimas defensas
del olvido, al olvido.

Sino porque el poeta se estremece ante la impasibilidad de la sociedad contemporánea y nos reclama un examen de conciencia: la falta de libertad de pensamiento, de ética y dignidad, la desconfianza, la maleabilidad de las convicciones y el cuestionamiento del sistema de creencias, el victimismo, la infamia, la insolidaridad, el engaño de las redes sociales, la manipulación...:

Esa lengua
dañada que desglosa
conflictos, aprendiendo
tal vez a manejarlos
crudos e imprescindibles,
en la penumbra absorta
que se aproxima
sin un hábito de continuidad

Una penumbra que nos recuerda a ese interior de la caverna platónica, donde los prisioneros contemplan el falso mundo de sombras, pensando que son la verdad. Mientras el poeta se alza solitario con su bandera de la verdad.

Las tres partes del libro «Hacia el olvido», «Noche de arrepentimiento» y «Balanza de sombras» son tres extensos poemas en torno a una única idea narrativa y se corresponden con crepúsculo, noche y alba, no tanto como etapas del ciclo del día, o de la vida, sino más bien a modo de estados de consciencia. La estructura del libro reproduce así la transformación del «yo» lírico al reconstruir lo vivido, dotando al libro de cohesión y unidad: desde la amenaza de la extinción hacia la necesidad de otorgar un sentido y un peso a lo que, aunque perdido, ha sido. Por esta razón, la esencia del poeta, del sujeto lírico, está sometida a una indagación, que recoge la imagen del espejo, tan fructífera en «Noche de arrepentimiento», en tanto esquina que quiebra la propia imagen: «Y si alguna vez vuelves / del otro lado del espejo». Y en este proceso, la propia identidad va cambiando:

En la ribera, tus sentidos
van convirtiéndose en raíces,
una ventana en la que ves
el mismo río sin su curso,
los ojos que se clavan
a la corriente de tu sufrimiento
mientras fluye, mirando allí
su lamento obstinado.

A la manera del río de Heráclito, donde todo fluye, todo cambia, y nada permanece, tampoco la identidad. Así esta se va diluyendo en «Balanza de sombras»:

Aquella herida a la que no pusiste
atención marcará tu identidad.
Una cuestión de identidad
ser tú.

Porque es conocedor del fin de un plazo y, por ello, afirma en «Hacia el olvido»:

Ya no hay lugar para los simulacros,
ni puedes inventar
un plan para fingir
hacia la transición del pero,
la adversativa más reveladora.

Es notoria la presencia del léxico lingüístico, especialmente de los tiempos verbales, con los que busca arraigar en el propio lenguaje la materia poética, consciente de que el límite del lenguaje establece nuestras posibilidades, en unos versos que apuntan a Wittgenstein: «La sima/ cuando los límites de tu lenguaje / marcan tus límites». Y en la medida en que la poesía se convierte en la única raíz posible en este devenir, la poesía es el único territorio en el que permanecer tras la muerte:

La poesía va y viene,
se encuentra en lucha con la vida.
La vida nos amarga, nos agobia,
la poesía libera.

Si el sujeto desaparece, pero la poesía permanece, ¿quién es realmente el protagonista de La vida no fue sueño: el ser humano que vive o el poema quequeda? Para Juan Carlos Abril persistirá la poesía, que trasciende al poeta en ese diálogo mantenido consigo mismo en este libro y al que asistimos de testigos los lectores.

El poemario se sostiene también sobre un entramado de lecturas interiorizadas que no funcionan como mero ornamento intertextual, sino como parte de la identidad que el sujeto poético trata de reconstruir: «porque una parte desencuadernada / de la magia de la poesía / se halla al reescribirla», al tiempo que dan cuenta de la labor como crítico y editor de Juan Carlos Abril. Jorge Manrique, Unamuno, Machado, Brines, Gil de Biedma, Viktor Frankl y los filósofos que recorren el libro forman así parte de una memoria literaria que el poeta incorpora a su propia experiencia. Reescribir esas voces supone, en cierto modo, reescribirse: la identidad no se construye al margen de lo leído, sino también a través de las palabras que otros dejaron en nosotros. Este juego de intertextualidades dota aún de mayor hondura y complejidad a La vida no fue sueño, donde la tensión entre el sueño y el tempus fugit nos impele a decidir qué queremos hacer con nuestra vida:

En vez de soñar con la vida,
preferiste vivir el sueño.

Libre de desafíos.
Más allá incluso.

Vivir el sueño, asumir el paso del tiempo y aceptar el deterioro físico y mental, pero no dejar de soñar, no dejar de escribir. Porque más allá de los sueños permanece lo vivido, aquello que el tiempo transforma en recuerdo no de deja de haber existido. El poeta va desvaneciéndose, sombra de sí mismo o fantasma, hasta su desaparición en la muerte; pero antes del silencio eterno, la palabra poesía, cuya existencia le sobrevivirá. Escribir es, en efecto, afirmar que la vida no fue sueño.